martes, 2 de mayo de 2017

[Reto ELDE] 1: Happy (eve) ending.

A finales del 2016, el blog de ELDE lanzó su segunda entrega de 52 retos de escritura para el año que entraba (y en el que ahora estamos), el 2017. Llego casi cinco meses tarde a empezarlo, a pesar de que me apunté casi de las primeras, pero la poca seguridad en mí misma y la falta de tiempo me han llevado a retrasar mi participación.

Ayer publiqué una entrada diciendo que muchas cosas iban a cambiar (click aquí para leer a mi 'yo' más intensa), entre ellas, mi mentalidad y mi contenido. El formato de estas entradas será siempre el mismo: no habrá introducción (a excepción de esta primera entrada explicativa), encabezando la entrada pondré el reto en el que tenía que basarme y, a continuación, una imagen seguida del relato en sí. Dicho esto (y espero haberme explicado bien), empezamos con el reto ELDE.


Reto 1. Escribe un relato que comience en un día de Año Nuevo. 

Photography by Victoria Ivanova


Sarah McDowell está acostumbrada a que su familia lo haga todo del revés. Comenzar el día cenando y terminarlo con el desayuno o contar los días hacia atrás, por ejemplo. Sus padres trabajan por la noche, ambos son investigadores astrofísicos; su hermano, Michael, se ajusta al horario nocturno de la universidad de Pennsylvania y ella tiene un profesor particular, Mr. Banks; un casi octogenario que padece insomnio y que se dedica a poner a todo volumen el Caprice 24 de Paganini durante las aburridas clases de Historia. Asignatura que, a petición del señor McDowell, comienza por la Guerra de Irak del 96 y terminará con la época prehistórica. Del revés, como siempre. 

No es que los señores McDowell tengan los biorritmos alterados. Tampoco pertenecen a ninguna secta atemporal ni padecen el temido jet lag por un viaje demasiado largo. A decir verdad, nadie, ni siquiera sus hijos, sabe que llevó a Brendon y Caroline McDowell a contemplar aquella forma de vida como válida. Además, a pesar de las criticas, los murmullos y las burlas de la gente de Horsham, el pueblo en el que viven los McDowell, tampoco les ha ido tan mal. Al fin y al cabo, hacen prácticamente lo mismo que cualquier ser humano, tan solo que al revés. 

A Sarah le gusta pensar que existe una razón secreta y mágica para que sus padres se comporten (y, en consecuencia, obliguen a sus hijos a comportarse) de ese modo. Tiene varias teorías que, con un poco de imaginación, le ayudan a explicárselo a sí misma. Su favorita es esa en la que sus progenitores son espías de la Orden del Trienio, una organización de viajeros del tiempo que, hartos de cometer los mismos errores una y otra vez, pretenden regresar al pasado y llevarse a sus seres queridos consigo.

Sarah sabe que día es hoy porque se lo dijo Peter Johnson, el tipo que regenta la gasolinera 24h que hay al final de su calle; su único amigo diurno. Sabe que, para la gente normal, hoy es 31 de diciembre de 2016, el último día del año. Sabe (sí, Sarah sabe demasiadas cosas) que Peter cerrará esta noche porque debe conducir media hora hasta casa de sus padres, en Harleysville, para cenar pavo relleno y patatas confitadas. Más tarde, cuando los abrazos de cortesía y las preguntas incómodas (¿Para cuando te echarás novia, Peetee? ¿No has pensado en estudiar una carrera? ¿En serio esa gasolinera te da para vivir, Peter?) hayan terminado, Peter Raphael Johnson cruzará con sus pies talla 45 los dos umbrales: el de la puerta de aquella vieja casa y el de un año que termina. Sarah se pregunta si Peter conducirá 40 minutos hasta Philadelphia para disfrutar de la fiesta de fin de año o, por el contrario, regresará sobre sus pasos al cuchitril que tiene alquilado en Horsham para dedicar su noche por entero al Call of Duty. 

En cualquiera de los casos, ¿qué diablos importa eso cuando tiene estrictamente prohibido hablar de aquella dichosa tradición? Todavía recuerda cuando Michael sugirió acudir a una de esas fiestas con Milena, su novia del instituto (una chalada amante de Crepúsculo que decía beber sangre de ciervo y vivir entre tinieblas); la reacción de Brendon dejó tal impronta en ambos chiquillos que, desde entonces, ninguno ha vuelto a mencionar nada al respecto. No obstante, Sarah desea (en secreto, por supuesto) comerse las uvas al ritmo de las campanadas y bailar una lenta con algún muchacho que se parezca a Nick Carter (recordemos que los McDowell viven al revés y cuanto más lejos estén del mundo contemporáneo, mejor). Y, a pesar de que ese anhelo se adhiere a sus entrañas con violencia, es consciente de que no tiene nada que celebrar, aunque para su familia también exista una especie de fin de ciclo (en él, los McDowell se dedican a contemplar la lluvia de estrellas hasta que el alba despliega los primeros rayos de luz y, entonces, se acuestan a dormir durante toda la mañana. Ninguna novedad para Sarah). Para ella es 30 de diciembre y su vida continúa siendo ese caos que no comprende.

Beep-beep. Su móvil (por suerte, sus padres aún creen conveniente que Michael y Sarah tengan posibilidades de comunicación con el mundo exterior) vibra con furia. Son casi las cuatro de la madrugada y acaba de terminar su desayuno, está a punto de echarse a leer "Macbeth" cuando desbloquea la pantalla y ojea el mensaje. 

"Ya estoy en casa."

Sarah titubea. Le llega otro.

"Por cierto, soy Peter. Me diste tu móvil el otro día y me parecía un buen momento para comenzar a hablarte. ¡Feliz año nuevo!"

Sarah sonríe. Por primera vez, siente que el tiempo ha dado un paso hacia delante. 

1 comentario:

  1. Hola guapa *-*
    OMG me ha encantado lo que has escrito,¿no has pensando en escribir mas cosas así?
    Un saludo y nos leemos guapa
    Sanny~

    ResponderEliminar

🚀 ¡Yiy, terrícola! Has aterrizado en una constelación dodecaédrica. En esta base interestelar nos nutrimos de palabras, así que no dudes en dejarnos tu opinión sobre nuestros servicios en esta especie de hoja de reclamaciones.

Nos haría muy feliz saber tu opinión con respecto a nuestras instalaciones y parajes de aventura. ¡Un abrazo galáctico!